El quería decirme algo. Se le notaba en la cara, en la voz, en la forma como tomaba las cosas y las cambiaba de puesto.
Desde la silla, lo miraba, lo veía esconder sus ojos detrás de cualquier cosa, de su carácter nervioso, de sus comentarios fuera de lugar; escuchaba el esfuerzo con que respiraba y trataba de articular al tiempo.
El quería decirme algo, pero las agallas no le alcanzaban al profundo mar de sus reproches.
Pero si él hubiese mirado mis ojos, habría entendido que no había nada que decir.
Que en contados minutos yo cruzaría la puerta. Que entre los libros y las camisetas, llevaría también todo aquello que se le hacía intolerable de mí.
Morir no me da miedo. Si muero entre las balas o las sábanas, no importa. Llevamos con nosotros lo que somos, no en nuestras maletas, ni en nuestro cerebro; lo llevamos en nosotros. Cuando entremos en la muerte, dejaremos en la puerta todo aquello que creímos imprescindible.
Justo cómo ahora, cuando sigo esperando a que te decidas a madrearme o a besarme entre las lágrimas que derramas hacia adentro.
Ya no importa, corazón. Puedo salir mientras me miras, puedo salir con mi maleta y sólo rogar en silencio que me tomes por sorpresa en un abrazo.
Pero no hay nada. Nada.
Detrás de esa puerta se queda lo que creí, era imprescindible.
Arepitas con carne mechada de la 72... Manjar de Dioses :3
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